jueves, 13 de marzo de 2008

Una cotidianeidad peligrosa

Hermoso día de sol, anunciando el otoño que en mi sur es gentil, generoso con la paleta de colores, tibio casi, sin vientos.

Abrí todas las ventanas para que la casa lo recibiera y comencé a ordenar el cuarto.

De pronto, una alarma de coche perforó mis tímpanos, pero no hizo que asomara a mi ventana.

Y entonces pensé qué terrible es la costumbre de las cosas malas… Las primeras veces que se disparaba una alarma de auto o de algún domicilio del ex tranquilo barrio en el que vivía, todos nos asomábamos más solícitos o más curiosos (Uds. eligen) para ver quién estaba viviendo una situación de peligro, o tal vez sonreírnos con suficiencia porque alguien de la casa se había olvidado de los mecanismos de uso del bendito aparatito, y su mirada avergonzada justificaba el error.

Lentamente me asomé a la ventana y ví varias rejas nuevas en las casas de mis vecinos…no me había dado cuenta….

Y me dije: otra vez la perversidad de lo cotidiano….Ya ni nos damos cuenta qué cosas suceden…o mejor dicho, las tomamos como naturales…igual que la queja sin escucha de la esposa histérica en los oídos del marido, o las mentiras de éste luego de la tercera o cuarta vez que creímos en ellas, o las virtudes repetidas de una forma de compra (“Llame ya” o “le devolvemos el dinero”), o las promesas de un político, o el bache de la esquina que acaba de cumplir dieciocho meses y nadie le ha llevado un trozo de torta porque ya no lo ve…

Y aceptamos casi sin análisis esa suma de cosas de nuestra sociedad que se descascara y desmorona por acción u omisión….y por ambas deberemos avergonzarnos ante un juicio sobre el tema.

Nos reímos del protestón que llama a la radio y de la consecuente escritora de solicitadas. Más vale callar, nos decimos…

Tal vez por esa opinión la historia del hombre tiene páginas negras y vergonzantes que generaron la esclavitud, las guerras, la primacía de razas, la hoguera para las brujas, el derecho de pernada….

Y luego que mi mente hizo un mea culpa que sobresaltó a mi corazón, continué tendiendo la cama, y con nuevos y más permanentes propósitos de enmienda

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