jueves, 7 de junio de 2007

De lo peor, lo mejor

Renata cumplió años…

Por supuesto que había decidido no pasarlo desapercibido, ya que Azul festeja con alegría todo lo que sea “fiestas“ igual que su mamá adoraba las reuniones de familia y dejaba de lado cualquier actividad más acorde a sus años, por estar, aunque fuera un cumpleaños “de grandes”.

Como Renata tiene a los suyos lejos, decidió preparar tortas y chocolate, e ir festejando con cada uno que deseara visitarla, para darle a Azul sensación de “fiesta”.

Tres días antes (Azul contaba laboriosamente con sus deditos los días que faltaban para el “cumple de abu”) buscó a su abuela cargada de sus juguetes preferidos y le dijo “yo te los regalo, son tuyos, pero los compartimos ¿querés?” (enorme gesto de desprendimiento ya que posee un fuerte sentido de la propiedad).

Renata, como nos contaba, enseguida se puso a llorar. La chiquitina se fue, buscó una hoja y fibras de colores y le dibujó un ángel lleno de corazones. Abrazó a su abuela y le dijo “Ya sé por qué llorás. Aquí está mamita para acompañarnos”.

¿Cómo puede un niño de cinco años tener tal sabiduría, consolar de manera tan tierna, sentir tan profundamente?...

Todas presentes, sus amigas, fueron desgranando su presencia para hacer más leve un día tan especial, en el que las ausencias son más dolorosas y terminantes.

Aún Marita dejó de lado el protagonismo de sus “nanas” y evitó hablar de males y achaques. Bárbara olvidó por un rato sus delirios de grandeza , Maruja demostró una felicidad atenuada hablando de su nuevo amor y Elda estuvo atenta a llevar la conversación por derroteros agradables.

Azul disfrutó de ese rato, agridulce para ella, pues debía compartir a su abuela con nosotras…Renata “lo pasó” entre llamados telefónicos de su familia y la charla intrascendente que evitaba caminos penosos.

Todas disimulamos “sin ver” los momentos de su disfrazada congoja, y creo que su hija perdida estaba allí, acariciándola suavemente para paliar su dolor y aminorar su tristeza.

Cuando salía para casa pensaba que el dolor de quienes amamos, puede dejar salir lo mejor de nosotros, como modo de compañía, consuelo y regalo.

Todas pudimos dejar de lado, de manera tácita pero conjunta, nuestras propias prioridades…todas tuvimos un gesto generoso y aunado en la complicidad de “lo no dicho”.

Esa tarde, las sentí más amigas que nunca….y apunté en el libro de la vida una grata lección “muchas veces lo peor, nos hace dar lo mejor” y la figura de Renata despidiéndome, abrazada a su nieta, que le rodeaba el cuello con sus bracitos formando un dogal de ternura, me acompañó hasta llegar a casa más fuerte, más serena, más persona….

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