jueves, 31 de mayo de 2007

Una receta para probar

De todas las labores domésticas, amo la cocina…y me place profundamente preparar comidas para un grupo de gente…

Creo, además, que soy buena cocinera, cosa que no es mi mérito. ¿Se fijaron ustedes qué bien hacemos las cosas que nos gusta hacer?

Desde el ingreso a la cocina, ya decidido el menú, tengo un sentimiento de entusiasta anticipación, tal como debe sentir (perdone Dr. la comparación) un cirujano que se calza los guantes y entra al quirófano.

Pero en mi cocina el momento es más grato. Aromas deliciosos, algunos llenos de recuerdos que me llevan a la infancia, color en las mezclas, textura en cada corte, la queja risueña de una fritura…Una fiesta para los sentidos.

Pero esta receta, amigos, nada tiene que ver con probar con fruición un bocadito para luego salpimentarlo adecuadamente…

Es la resultante de una mañana perdida en trámites…

¿Han visto ustedes lo difícil que resulta hablar con la gente que a uno lo atiende, lograr primero que salude; luego, que sonría; tras ello, que deje la taza de café y se olvide de mirar el reloj mientras saca la cuenta del tiempo que le falta para huir de su trabajo hasta el día siguiente; por fin, rogar a todos los santos arcángeles, serafines y querubines, que entienda lo que Ud solicita con todo derecho, y cruzando los dedos mientras tanto, para que no la derive a otra mesa u otra repartición en la que deberá penar del mismo modo hasta que llegue nuevamente al mismo punto…

Bueno…esa fue la experiencia, y no tengo dudas que alguna vez lo han vivido.

Mientras regresaba a casa, “reciclándome” con la vista puesta en el lago y las montañas teñidas de dorado por los rayos de un sol tímido que pugnaba por elevar la temperatura, me puse a pensar en la receta ideal de una ensalada para evitar vivir estas cosas…se la paso…

-Mezclar en un bowl tres cucharadas de la minuciosa organización de un alemán adulto...

-Agregar la misma cantidad de la exquisita cortesía oriental ( extraída de adultos y ancianos), de la alegría y el gracejo de los españoles; de la creatividad de un argentino; del sentido de urgencia y el respeto por la norma y la ley de un estadounidense; del inimitable poder de contagio de sonrisas de un caribeño; del sentido del tiempo justo y la aparente serenidad de un inglés; de la seducción de un francés, y de la persistencia silenciosa de un israelí.

-Revolver todo agregando una pizca de la sal de brasileros; la ralladura de un cuarto del bajo perfil de un Sudanés y otro cuarto de la vida lograda de un canadiense con una pizca de la pasión de un italiano.

Yo creo, (como artículo de fe, no en dubitativo), que sería ideal, con el resultado….volver a hacer un trámite.

Y conste, a ustedes que me leen, que no he pensado todavía cuál sería la receta del postre eligiendo cualidades para el aspecto físico...Con tan amplia provisión de ingredientes….sería el sueño de cualquier mujer que se precie de serlo...



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