Una vez cada mes, mes y medio rigurosamente sistemático, un grupo de amigas de la sexta década nos reunimos en una confitería a charlar. Si bien varias de nosotras frecuenta a amigas de otra edad, cosa que yo siento me enriquece, porque el riesgo a nuestra edad es “cristalizarnos” en una única mirada de época, en este “meeting” coincidimos en los años….y nada más que en los años, por ello el encuentro es nutritivo y cordial.
Elda, impecable organizadora, se encarga de llamar por TE y concertar la cita. Al declinar los sesenta combatió la resistencia contra la computadora, hasta incorporarla en su vida tratando de descubrir sus secretos para mejorar su comunicación con el grupo de venta directa que lidera. Maestra jubilada, viuda, interesada por la actualidad política del país y del mundo, alejada de la ultraderecha, amante de la literatura e incursionando en el arte musical con la misma apetencia de una jovencita, comparte parcialmente su vida con el amor a sus nietos, y sus salidas con ellos, sin olvidarse ni un segundo (eso es admirable), que tiene su propia vida. Compite con ella misma en los logros que le impone su tarea, y con habilidad ayuda a su grupo a crecer, lo que como consecuencia, le brinda su propio crecimiento. Se ocupa de su piel y de su ropa, se cuida de los excesos de comida, y es capaz de reirse del mundo, en el que se incluye ella misma sin problemas.
Marita, por el contrario, estuvo separada muchos años y goza hoy de una excelente pensión de su ex marido, fallecido actualmente. Sin hijos ni nietos, su preocupación es ella misma, pero sólo mira sus achaques, gasta su dinero en curar imaginarias enfermedades, y su charla favorita es la aparición de nuevos síntomas extraños que nunca nadie jamás ha tenido….Te aconsejo que, si llegas a conocerla, no digas nunca al verla “¿Qué tal, cómo andás?”, porque una andanada de quejas y de males, de descripciones morbosas y aterradores auspicios, te acompañará por media hora. Marita no viaja por temor a los accidentes, no camina pues su pierna izquierda…no lee porque en su vista…no mira televisión porque los lagrimales….no va al cine porque jura y perjura que de él ha llegado a casa con chinches. Su casa, un mausoleo oscuro lleno de objetos preciosos que se empolvan de tristeza y desaliento, nunca abre sus puertas a nadie, sólo la ve salir a cumplir su frecuente y periódica visita a distintos especialistas y a encontrarse con nosotros en la cita mensual. Marita es tóxica, y aunque nuestro afecto es de larga data, con disimulo intentamos escapar a la silla que deja al lado en la confitería, que, resignadamente, es ocupada por la que llega última.
Sin embargo, ninguna enfermera mejor puede ser como Marita, que apenas enterada de que a alguna nos aqueja un mal, por leve que sea, llega a cada casa, feliz de ser útil, con cuanto remedio, potingue o tuto considere ella que es oportuno para la dolencia. Y no deja la trinchera hasta que el mal está curado.

Bárbara es una histriónica matrona, grandilocuente aunque de muy buen corazón, con Dios y la espada por testigos, de honda raigambre social, que tuvo una infancia y juventud en la que las vacas y el campo heredado por papá le brindaron todo lo que se le ocurrió tener, y aun más, sostenida por un apellido de gran prosapia, “si ignoramos (diría tía Lucía), que ganó sus tierras a costa de matar indios en la conquista del Desierto”, hasta que el punto y banca, los cabaret de Buenos Aires y una pelirroja cuyo nombre su mamá mencionaba apretando los dientes ante la impertérrita indiferencia de su papá, hizo que Bárbara aterrizara en la más grande de sus desesperanzas y tuvo que empezar a trabajar como cualquier hijo de vecino para ganarse el sustento.
Jamás decayó, sin embargo, su fantasía de niña de sociedad. Malcasó, se divorció, volvió a caer, otra vez mal, y se vino al sur para escapar de los murmullos condescendientes de sus antes pares sociales. Hoy, su vida transcurre en recordar la pompa de su niñez y juventud, las antiguas y solventes relaciones, que no son tales, convenciéndose a sí misma que “despunta el vicio de no hacer nada” con un instituto de Inglés al que comanda con otra señora bilingüe, callando que es su medio de subsistencia.
Ella y Elda cambian delicados finteos por sus filosofías opuestas y sus disímiles convicciones políticas y más de una vez, un tema de ese tipo, generalizado en toda la mesa, nos mantiene hasta bien entrada la noche mientras los aburridos mozos espera “que se marchen las viejas”.
Soltera convencida y orgullosa de serlo, con fibras de acero por dentro y cara angelical, llena de rulos su cabellera rubio ceniza (excelente teñido que imita a la perfección el color de su cabello original), llega impenitentemente tarde, Maruja a la cita. Al verla llegar, todas damos vuelta la cabeza para estudiar su rostro: y la máxima alegría o el mayor de los desasosiegos nos indica qué le dijo el vidente que visita con una frecuencia mayor a la de su lavado de dientes (que son envidiables a su edad).
Nada hace Maruja que no sea consentido por el Maestro Andrés, telefónica o personalmente. Bromeamos al preguntarle si tiene cuenta corriente. Pero a pesar de nuestras reflexiones, alguna discusión, consejos bien intencionados y pruebas fehacientes de que TODO lo que dice Andrés no es cierto, y que sus poderes están teñidos de una habilidad impresionante para sugestionarla, Maruja al respecto es irreductible.
Su “pecado” es un secreto muy bien guardado. Es docente universitaria, y contrario a lo que puedan imaginar al leer lo anterior, es Química industrial. Por ello, para no perder seriedad, hemos juramentado “casi sobre la Biblia”, tal como ella pidió, no decir una palabra sobre su debilidad Esas dicotomías y otras cualidades, la hacen una mujer atractiva . Es directa, jovial, bromista, delicada, suave, femenina y excelente copiloto de la vida. Tiene inclinación por la ropa con cierto aire de hippie, aunque su contundencia en los temas científicos desdicen su aparente ensoñación….Maruja es la suma de números y letras, pienso yo al escucharla más de una vez…
Renata…no puedo describir a Renata en este momento….Espero que ustedes me den tiempo para hacerlo y puedan conocerla mejor. Cuando algo enorme, tremendo y triste sucede en la vida de un amigo, el resto de los amigos vive de cerca esa situación y se desdibuja la posibilidad del análisis objetivo dando paso sólo al sentimiento (como señalado por tía Ignacia).
De Renata, divorciada desde hace más de treinta años sin reincidencia, jubilada, sólo digo hoy que ha perdido a una de sus hijas en un accidente automovilístico. El sueño de un camionero cansado (ese es otro tema que nos lastima día a día), segó tres vidas jóvenes en un santiamén. Una era la de ella. La hija de Renata dejó una nena de 4 años, quien ahora se ha transformado en hija de la vida de su abuela, desgarrada por el dolor.
Renata vivía sola, y su única nieta era un solcito con el que compartía vacaciones o paseos. Como toda mujer cuyas hijas se han casado, su vida anterior a este hecho que aún no puede incorporar a su corazón, era sin horarios, con un trabajo privado, en su domicilio, sin obligaciones…mira el reloj a cada rato, ahora va a las reuniones del Jardín, al pelotero, prepara comiditas especiales a horas precisas, ve canales infantiles, y aún no se ha encontrado a sí misma para poder llorar todo lo que su alma necesita. Fuerte, priorita los sentimientos y necesidades de su nietita, y posterga lo suyo…para cuando se pueda.
Seguimos…Elena es casada, con hijos adolescentes y adultos. Los mayores ya volaron del nido, varón y mujer profesionales ambos, con hogar propio, y luego dos adolescentes que llegaron por sorpresa, llenándola de asombro y de bastantes problemas.
Serena, soporta con estoico silencio los primeros síntomas de Alzheimer de su esposo, un gerente de banco jubilado que era un señor, un caballero, una joya. Todas sabemos del tema, pero en tanto no lo menciona Elena, no preguntamos. Los mismo sobre los malos ratos que le regalan los adolescentes, por los que más de una noche ha debido ir a retirar el coche a la comisaría, luego de recibirlos saturados de cerveza tras ganar en una picada…
Y falta decir algo de mí, para cerrar la mesa de “las chicas de sesenta”… ¿Qué puedo decir de mí?...ya lo irán descubriendo ustedes a medida que nos conozcamos...
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