Transcribo a ustedes un artículo extraído del Diario El Médico
Durante el siglo XIX, la fiebre amarilla fue endémica en Buenos Aires.
Esta enfermedad, originaria de Brasil, produjo graves epidemias en los años 1852 y 1859; pero la peor y la que causó mayor temor entre la población, fue la de 1871, que afectó a 45.000 de los 60.000 habitantes de Buenos Aires en sólo 4 meses. Se paralizaron las actividades comerciales, escolares y públicas. Se organizó una Comisión Popular de Socorro de la Salubridad Pública que presidió el doctor José Roque Pérez. Esta comisión incluyó a anónimos médicos barriales y otros reconocidos como Eduardo Wilde, Adolfo y Manuel Argerich, Guillermo Rawson y Carlos Guido Spano. Según estadísticas del Dr. Rawson, se registraron 13.614 muertos, siendo el barrio San Telmo el más afectado; entre ellos, muchos de los que participaron de campaña contra la enfermedad: los médicos José Roque Pérez, Adolfo Argerich y Francisco J. Muñiz; además de farmacéuticos, militares y sacerdotes. En Junio de 1871 los casos comenzaron a disminuir y la calma volvió lentamente a reinar en la diezmada ciudad.
Al comienzo del siglo XX, con sus adelantos tecnológicos y científicos, el descubrimiento de vacunas que vencieron enfermedades terribles como la parálisis infantil, campañas de vacunación masivas, adelantos en los descubrimientos médicos sobre enfermedades endémicas como el mal de Chagas, la llegada del hombre a la luna, la TV, las primeras, enormes, gigantescas computadoras, hicieron que olvidáramos el hecho mencionado y por sobre todo, que cada año y generación que accedía a este conocimiento, minimizáramos la cantidad de muertos en la epidemia considerándola casi una anécdota que restó peligrosidad a la fiebre amarilla y aparentemente murió con ella al paso del tiempo. Todo esto es historia, pero la vida se recrea y se recicla, al igual que la muerte. Por razones que habrá que investigar, de la que no está exenta la pobreza, la fiebre amarilla aparece nuevamente cruzando la azada sobre su pecho helado
En estos días, crece la angustia en Paraguay por un rebrote que amenaza la salud de la población de varias ciudades del país vecino y nuestro nordeste . Muy otra es la realidad actual, en este siglo XXI. La vacuna existe. El feroz peligro no es vencerla…Estamos equipados científica y tecnológicamente para ello. Los medios de transporte, las comunicaciones, la elaboración de la vacuna, la atención a los enfermos está lograda por el ser humano, en su búsqueda infatigable por vencer la enfermedad, por evolucionar, por hacer más larga y confortable la vida ….
Sin embargo. Hay algo que no mejora, por el contrario, involuciona: la generosidad, el espíritu solidario, el desinterés, el amor hacia el prójimo.
Mientras haya grupos que vendan las vacunas recibidas como aporte generoso desde otros países, mientras la salud de los niños se canjee por votos, mientras las personas hagan horas de cola o deban trasladarse a la frontera argentina para recibir allí su vacuna ya que en su país tienen que coimear para dárselas a sus hijos, cualquier epidemia puede con nosotros. Enfrentando esa miserable actitud, hay grupos de médicos y paramédicos trabajando a destajo sin mirar la nacionalidad de quien tienen al lado, para terminar con la epidemia…..
Al concluir todo, sin embargo, cuando la epidemia sea un recuerdo, un monstruo aletargado esperará otra oportunidad para diezmar generosidades y entregas, contaminar esfuerzos y sacrificios…el lado oscuro, detestable, de cada hombre capaz de darle precio a una vida, y acumular riquezas o poder con ella…


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